La vida es así

Recuerdo el tiempo cuando venías a casa. Y hacíamos el amor o el sexo. No importan las categorías. Y yo era un buen anfitrión. Y te cocinaba. Aquello que tú querías y te gustaba. Y te lavaba la ropa. Y te hacía masajes. Y prendía velas. Aromas de Oriente. Música celestial. Y te contaba historias. Y te reías. A veces llorabas y te consolaba. Te decía que la vida es así. Que no te preocuparas. Que vendrían tiempos mejores. Que la poesía nos salvaría. Y caminábamos del brazo en una noche infinita de estrellas. Y yo era un buen anfitrión. Lo sabes. Te dedicaba un poema. Y luego otro poema. Y música. Y más música. Y poemas. Y más poemas. Y volvíamos a hacer el amor o el sexo. Sin importar las categorías. Luego pasó el tiempo. Acepté tu invitación. Viajé a verte. Y no soportaste mis cigarrillos, mi café, mi fútbol, mis tragos, mis manías. Cosas que cuando venías a casa soportabas. Me echaste de tu casa. Eso fue lo que fue. Me echaste de tu casa. Tuve que comprar mi pasaje de vuelta. Y además pidiendo perdón por el daño causado. Y soportar que me dijeras que otros habían sido peores. Una mierda. Una vulgar mierda. Y en el momento más puto de mi puta vida. Quiero que sepas que no estoy mejor o peor que antes. Que te olvidé y te recuerdo. Que la vida es así. Que eres tan tonta como yo. Que no me debes nada y que yo no te debo nada. Que la vida es así. Y que mañana el mismo sol nos dará la bienvenida.

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Leopoldo María Panero en Negro sobre blanco (1999)


Negro sobre blanco Leopoldo María Panero (1999) por dorotea123

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Corre por tu vida

Ten cuidado con ella. Originaria de Concepción. Debes evitarla a cómo de lugar. Tiene los labios completamente flojos. Y algo más que los labios. Esa perra te arruinará. Te arrasará. Es peor que Atila, el PP español y que Bush. Es consejera de violencia doméstica y no sabe limpiar una lechuga. Tiene dos hijos que viven con sus respectivos padres. Cita un asqueroso poema de Neruda pero le importa una mierda la poesía. Por las noches va a restaurantes de moda en donde bebe cerveza con papas fritas. Se conecta a Facebook mandando fotos provocativas de sus glándulas mamarias. Pregunta qué libro estás leyendo y ella no lee ni Cosas. Se cree intelectual y es tonta del culo. Su segundo marido fue oficial de fuerzas especiales y un día le disparó. Le disparó un tiro en la cadera porque la encontró con su dentista. Ella comenta que esa forma de caminar que tiene, se debe a un aterrizaje de su avión en Marbella. Tiene un culo desagradable e impostado. Producto del altercado que tuvo con su segundo marido y el dentista. Cuidado con ella. Siempre está desesperada por echarse un polvo. Pero lo disimula preguntando qué estás leyendo. Si la ves en el Bar Baguales un viernes por la noche, y sobre su mesa tiene Veinte poemas de amor y una canción desesperada, corre por tu vida.

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El día que te enteres

El día que te enteres. El día que sepas que he muerto. El día que tengas la certeza. Lanza una lágrima por tu balcón. Hazlo en forma melodramática. Como si te estuviesen filmando. En blanco y negro. Una sola lágrima. Como aquella película de Bergman. Luego llama a tus amigas. Le cuentas. Le dices lo triste que estás. Que por favor te vayan a ver. Que el jueves no. Que el jueves no estarás en casa. Le cuentas que te lo esperabas. Que era previsible. Que sólo era cuestión de tiempo. Pero que no estabas preparada. Luego riega tus plantas. Pones algo de Mozart. Te duchas y preparas tu desayuno. Será sin duda un día especial. Luego ya sabes. Sales a paso ligero escuchando aquella canción. Preparada para la tormenta de la dicha.

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“¡Me cago che!”


Presentación del libro "¡Me cago Che!". De izquierda a derecha; Marcelo Pérez,
el escritor Héctor Martínez Díaz y el periodista Gregorio Muñoz. 
“Envié mis manuscritos urbanos, 
que son pobres, pocos y breves, a un amigo narrador, 
que me respondió que todavía no los leería...”. 
(pág.166).

Estamos en presencia de una obra multifacética que, si se mira en estricto rigor, no tiene un parámetro de medida único. No se trata de un texto ensayístico, aunque pudiera catalogarse como tal en determinados espacios; tampoco se trata de una simple recopilación de artículos variados, aunque a primera vista pudiera parecerlo. Cierto, las columnas que Pepito El Breve ha diseminado por periódicos de papel y en diferentes páginas webs pudieran sincronizarse en un volumen apretado, en una síntesis que hoy nos entrega como respuesta a un deseo compartido de ver unificada su dispersa producción. Pero, en esencia y afortunadamente, se trata de algo más que eso. Se instala en la literatura magallánica una forma de decir y de expresar un mundo desde una óptica distinta. Y no puede ser de otro modo: Pepito el Breve rezuma sarcasmo, crítica ácida o entreverada, sentido del humor e irreverencia y hasta cierta dosis de nostalgia que comprende e importa una suerte de estética regional, de “mirada” alternativa a los cánones habituales del periodismo común, (y por qué no), hasta de ciertas expresiones de la literatura formal. Y ello es así, porque “Me cago Che” trasciende ese periodismo algo acomodado a las circunstancias, a las palabras de buena crianza o de no “pisar callos ajenos” por variables que no es del caso analizar, pero que son y existen.

Estamos ante una obra que por su contenido y su formato descree de ciertas instituciones, se desliga de algunos patrones denominados “normales” para analizar el contexto en que cierta vivencia cotidiana asumida como literatura, se expande y desarrolla. “Me cago che” tiene un destinatario que es, como sus artículos o columnas, igualmente variopinto. Puede ir desde el más iletrado a aquellos eruditos de la palabra que hacen de la misma un instrumento de conocimiento y, probablemente, hasta de dominación. No importa cuán distanciados podamos estar de quienes pululan por estas páginas premunidos de un disfraz que termina por ser un desnudo de la sociedad que habitamos. No importa de qué manera las situaciones que se explicitan o se insinúan o se advierten, puedan ser una sátira vomitiva del mundanal ruido neoliberal que se nos presenta como la virtual panacea de los tiempos modernos. Lo que sí pareciera importar es que nos resulta, al fin de cuentas, un espejo, una imagen refractada que nos incomoda un poco, como si estuviéramos sudados en medio del frío magallánico o nos deslizáramos por avenida Bories en medio de una cuerda inexistente, pero real. Y es que “Me cago che” es un poco el resumidero de lo que hemos terminado siendo, a nuestro pesar o a pesar de las buenas intenciones. No es ni malo ni bueno. Sencillamente, es, aunque tampoco pudiera concluirse que sea para siempre.

Por último, “Me cago che” es un llamado de atención a nuestra desidia ciudadana, un tirón de orejas como cuando éramos niños y bajábamos avergonzados la vista de lo que habíamos escrito en la pizarra.

Los que buscan consuelo o pasatiempo, no lean este libro. Los que conservan el viejo y relamido statu quo déjenlo sobre el velador. Los que piensen que su lectura será una simple distensión de sus mejillas en algo parecido a una sonrisa forzada, no pierdan su tiempo entre sus páginas. Pero, si existen aquellos que necesitan que el suelo se les remueva un poco y adviertan que la vida en sociedad consigue ser vista con una expresión de sorpresa, más allá del desencanto, léanlo. Seremos muchos y “Me cago che” terminará siendo lo que es: una suerte de bofetón intelectual…más que merecido.

Juan Mihovilovich 

Fotografía de Bernardo Balbontín.

“¡Me cago che!”. Autor: Pepito El Breve. Edición de La Prensa Austral de Punta Arenas. 2014, 173 páginas.

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Tsunami en Puerto Natales


Chile, el país Chile, no tiene la más puta idea de dónde queda Puerto Natales. Y si lo sabe lo disimula muy bien. Bueno… les comento, Puerto Natales queda en Chile. Pero Chile no lo sabe. O se hace que no lo sabe. Entonces hay un terremoto, que sucede a más de dos mil kilómetros de donde queda Puerto Natales, y el gobierno de Chile, que vive en Santiago de Chile, dice que tenemos que subir a un cerro porque estamos ante el evidente peligro de un tsunami. Vivimos en una bahía en donde ni siquiera entra una marmota. O un bote a vela. En donde ni siquiera nos visita Papá Noel. En donde aún no nos enteramos de lo que pasa en Chile. Pero llega el Gobierno de Chile y nos dice que tenemos que ir a protegernos a la montaña más alta. Es una orden nacional del Gobierno de Chile. El Gobierno nacional de Chile que vive en Santiago de Chile. Y sacan a la gente de sus casas en mitad de la noche. A señoras con las cenizas del marido dentro de un cofre. A enfermos del hospital. Y los bomberos con sus alarmas. Y viejecitas que suben los cerros. Y niños dormidos que mueren de frío. Y toda la parafernalia. No sé qué se creerán estos mandamases de turno. Que ni siquiera saben dónde queda Puerto Natales. Y si lo saben les importa un carajo. Solo se trata de hacernos creer, que hacen las cosas bien. Hacernos creer que formamos parte de Chile. Un país distante lejano y extraño. Cuyas tontas y desopilantes órdenes tenemos que acatar. Que nos hace sentir y parecer ridículos. Ellos trabajan por nuestra seguridad. Les importamos. Pero no. No les importamos una mierda. ¡Ellos son importantes! Su ignorancia es importante. Y sus órdenes son órdenes. Como el estúpido e insolente escudo nacional. ¡Por la Razón o la Fuerza! Y Así nos va. Dios salve a Chile y también salve a Puerto Natales. De Chile.

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Esa grasa de pollo deprimido

Esa grasa de pollo deprimido es un verdadero escándalo. No hay con qué darle. Un día dice te quiero y al otro día también lo dice. Y todo es mentira. Nunca querrá a nadie. En su puta vida. Sólo quiere tu dinero. Merodea por bares elegantes dándosela de baronesa o algo así. Pero es una puta pringada que no sabe cuál es la capital de Paraguay. Cree que Burkina Faso es el nombre de unas bragas. Merodea por donde circula gente como tú. O como yo. Siempre con esa cara de yo no fui. Con esa manera de chica inocente de mohín indescifrable. Siempre dirá que eres lo máximo. Lo mejor de la vida. Que tienes la polla más dura del condado. Que eres el más romántico de los mortales. Gritará sin parar en los momentos de su falso éxtasis. Sin que te des cuenta te desplumará. Te arrojará a la miseria más extraordinaria. Al abismo inconsolable. Ella cambia de nombre según la ocasión. Un día se llamará así y otro día se llamará asá. Ten cuidado con ella. Ella no lo tendrá contigo. Ni con nadie.

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La ropa limpia y la sopa caliente

Conocí a esa bola de grasa por una amiga. Mi amiga me dijo: Ese chico te conviene. Y yo, reina y princesa de las tontas, me lo creí. Creí que ese chico me convenía. Estuve con él durante cinco años. Cinco malditos años de mi vida. Me engañó tantas veces que perdí la cuenta. Siempre que aquello sucedía, prometía que no volvería a ocurrir. Y así pasaron mis años. Viviendo en una nube de mentiras. Me encerraba en casa y no me dejaba salir, mientras él se iba de juerga con sus amigotes del Club de Pesca y Caza. Luego llegaba y quería todo en orden.
... mirando películas de vaqueros.
La ropa limpia y la sopa caliente. Un día íbamos por la carretera y armó un berrinche de nada. Estrelló el auto en un poste por el lado del acompañante. Quedé con una fisura en la cadera que me hace andar de costado. Me trató tan mal que tuve dos abortos involuntarios. Como era rugbier, entrenaba con mi anatomía desplazándose por el parquet del living haciéndome tackles. Luego utilizaba su mole corporal para mantenerme en el suelo. ¡El muy cabrón! Últimamente había sido dado de alta por la marina chilena, y se lo pasaba todo el tiempo mirando películas de vaqueros. Conocí a un chico que es policía y todo cambió. Lo eché de casa y ahora se niega a firmar los papeles de divorcio. Ya no le temo a ese pedazo de mierda. Mi chico me ha enseñado a disparar. Tengo buena puntería.

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