Tengo eyaculación precoz cuando llega el otoño

No sé agradar. Cuento historias repetidas de una noche en Lombardía. No sé trepar por los agujeros del poder político, sentimental, oportunista y ditirámbico. No sé callarme cuando debo callarme ni hablar cuando debo no hablar. Vivo a contrapelo de las formalidades y las buenas costumbres. Hago gestos de espanto cuando acaricio a un bebé. Muero de risa en los funerales. Tengo eyaculación precoz cuando llega el otoño. Sonrío cuando un volcán arrasa una ciudad. Me da igual toda la mierda de las capitales. Paso por tonto porque soy tonto. Sé que debo ser ignorado igual que ustedes. Ustedes igual que yo nunca sirvieron para nada. Y en eso somos iguales. Somos hijos de un buen o mal polvo. Una gota de nada en el Océano del olvido. Luego te llegará el aviso que debes actualizar tu programa. Pero ya es tarde. Un payaso te conduce a la cueva de donde nunca debiste salir. Al final del túnel compruebas que nunca el túnel tuvo final. Y que la mejor de las posibilidades es no haber nacido. Morir es un acto reparatorio y nacer es un acto fortuito. Ya es tarde. Mañana me levantaré y me odiaré. Por la noche buscaré una nueva víctima y sé que esa nueva víctima seré yo.

Ilustración de Javier Molinero.

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¡Ay Carmela!

Voy caminando por la calle Bulnes y veo venir a mi prima. Mi prima o algo así. Estuvo por ahí hablando mal de mí. La muy guarra. No quisiera herir susceptibilidades. Ni ser grosero. Es posible que sea políticamente incorrecto. Que se me acuse de discriminación. Que las feministas me den con un caño. Que se me sepulte en estiércol. Que nunca más nadie me hable. Que nadie me lea. Que me acusen con el Padre Obispo. En fin… veo venir a mi prima y pienso: gorda negra puta de mierda la concha de tu madre la puta que te parió te quisiera ver mil veces muerta analfabeta de mierda saco de mierda ambulante grasa amorfa tocino que anda por alcantarillas y resumideros infestados de condones usados. Se detiene y me pregunta cómo estoy. Le digo que bien. Le pregunto cómo no está. Me dice que bien. Sigo mi camino y pienso: en el infierno vas a saber quién soy, hija de puta.

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El campeonato mundial de patitos en el agua

Por Ramón Díaz Eterovic

Punta Arenas y el Estrecho de Magallanes, al fondo Tierra del Fuego.
No es una disciplina olímpica y hasta donde sé, la primera y única disputa del campeonato mundial de patitos en el agua se realizó a orillas del Estrecho de Magallanes, una mañana de hace muchos años atrás, entre el poeta natalino Hugo Vera Miranda y un puntarenense cuyo nombre se extravió en el tiempo. Hacer patitos en el agua es una disciplina que practicábamos los niños magallánicos que vivíamos cerca del mar y básicamente consiste en recoger piedras planas y tirarlas sobre la superficie del agua, procurando que dé el máximo de rebotes posibles antes de irse irremediablemente a las profundidades. Hay que tener técnica y algo de fuerza para combatir los embates del viento. Y mucha práctica, fruto de largas horas frente al mar imaginando los secretos que se ocultan en sus abismos sumergidos y en la posibilidad de que de un momento a otro aparezca en el horizonte un galeón tripulado por piratas o corsarios, como los muchos que en su momento cruzaron el Estrecho de Magallanes en busca de riquezas y honores.

La noche previa al campeonato de patitos en el agua tuvo el nervio que suele vivirse en la antesala de las grandes justas. Pronósticos, evaluaciones de las capacidades de los contendores y una cuota de suspenso acerca del estado en que llegarían los rivales que en las horas previas al desafío se empeñaban en afirmar el pulso en un recorrido por los bares puntarenenses. Los hinchas estaban divididos, pero la mayoría apostaba a la experiencia de Vera, una manera solapada de hacer presente que el natalino superaba en varios años a su rival, cuya única ventaja era competir de local, frente a un mar que conocía desde la infancia.

Apenas el sol emergió con su rostro de dios omnipotente, los contendores, acompañados de sus respectivas barras, se encaminaron con paso festivo hasta la playa Colón. Los rivales parecían tranquilos, pero seguramente, en sus pensamientos, pasaban una y otra vez las imágenes de viejas competencias. Nadie en su sano juicio podía anticipar el resultado.

Una vez frente al mar, ocuparon algunos minutos en estirar los brazos y practicar sus tiros, sin exigirse mucho ni mostrando mucho talento. El gran arte estaba reservado para la competencia. A esa hora ya se habían sumado otros espectadores, y hasta un periodista trasnochado que intentaba obtener declaraciones de los competidores. Después vino la etapa de búsqueda y selección de las piedras. Trabajo que los rivales hicieron muy concentrados y que fue seguido por un silencio de cementerio. Nadie se atrevió a decir nada y hasta el viento de la mañana aquietó su intensidad. A lo lejos, en el horizonte, se perfilaba la silueta de la Isla Tierra del Fuego, y algo más cerca, el lento aleteo de las palomas que se iban congregando para presenciar la competencia pactada a tres rondas de diez lanzamientos.

La primera ronda fue floja y el puntarenense la ganó por una pequeña diferencia. El natalino parecía adormilado o tal vez aún retenía en sus pupilas la imagen de una rubia que había coqueteado con él durante la noche de vigilia. Sin embargo, para la segunda ronda pareció despertar y ganó con holgura. Era lo que todos los espectadores aguardaban: un final de mete y ponga, como solían decir los relatores deportivos; poetas todos ellos a la hora de inventar metáforas y transformar cualquier competencia, aún la más insignificante, en una repetición de la guerra de Troya.

La ronda final fue pareja hasta el penúltimo lanzamiento. La última piedra del natalino saltó sobre el agua como una danzarina de ballet. El puntarenense no dudó en que podía superarlo. Observó la piedra, luego el mar, y en su concentración no se percató de la carrera que emprendía un quiltro negro hasta llegar a su lado y enredarse entre sus piernas. La piedra fue a dar a pocos metros de la orilla. Los hinchas del natalino lo vitorearon con entusiasmo, y los del puntarenense se preguntaron entre ellos por el bar más cercano a donde ir a beber la primera cerveza del día.

Hasta donde sé, nunca más se volvió a disputar el campeonato mundial de patitos en el agua.

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Era hija de polacos

Era hija de polacos y había nacido en Buenos Aires. La conocí en el Parque Rivadavia. Era más flaca que una modelo actual. Mucho hueso y poca carne. Me preguntó por un libro de Artaud. Le pregunté si sabía que Artaud había cazado ballenas en los mares del sur. Ni idea. Luego le comenté que Artaud había estudiado teatro junto a María Luisa Bombal. Ni idea. Que en Puerto Natales tuvo una pelea a cuchillo y resulto herido. Ni idea. Luego le hablé del Teatro de la Crueldad y que trabajó en 22 películas. Ni idea. Me invitó a su casa. Conocí a sus padres y hermanos. Toda la familia en silencio durante la cena. Ella tampoco decía nada. Luego me invitó a su cuarto. Tuvimos sexo, mejor dicho tuve sexo con ella. Luego me vestí y me fui. Antes de irme le dije: nos vemos. Tomé el colectivo 60. Nunca más la volví a ver. No recuerdo ni su rostro ni su barrio.

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¿Quieres que me ponga bonita esta noche?

Qué pasa contigo me pregunta. Le digo que no pasa nada. No le digo que en verdad tengo ganas de matarla ni nada de eso. No me pasa nada le digo. Hace mucho tiempo que tengo ganas de sacarle un seguro de vida y que parezca accidente. Ya no me escribes poemas como antes. Lo que pasa le digo, es que me estoy dedicando al ensayo. Antes me traías flores y me dedicabas canciones. Celebrábamos aniversarios y esas cosas. Mina de mierda. Voy por una botella. ¿Dime si todavía te importo? ¿Quieres que me ponga bonita esta noche? Silencio. Me digo que es el momento. Voy hacia la victrola y no la encuentro. Le pregunto si sabe dónde está mi revólver. Me dice que sí. Retira los tres tomos de las Obras Completas de Neruda y aparece el Colt. Me dispara.

Ilustración de Javier Molinero.

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1º de Noviembre

Limpio y ordeno todo. Luego me siento allí y leo el libro que traje. Un libro de Jim Thompson. Mi padre me pregunta qué leo. Le digo que un libro de Jim Thompson, 1280 almas. Luego me pregunta cómo me han ido mis cosas, le digo que mal. Que las cosas me han ido francamente mal. Y le cuento. Se pone a llorar. Me dice que él no puede hacer nada. Le digo que ya lo sé, que él no puede hacer nada. Le digo que no se preocupe. Ya pasará le digo. Todo pasa me dice. Es verdad le digo. Me dice que retire todas esas flores de plástico. Que no las necesita. ¿Pero tú estás bien?, le pregunto. Acá las cosas no están mejores que cuando estaba vivo. Me ha tocado estar en el grupo de los monotemáticos. Tú sabes de mi afición por la brujería chilota. Era de lo que más hablaba. Entonces me ha tocado el grupo de los monotemáticos. En verdad que no sabía nada de la otra vida. Ni puta idea. Y ahora estoy acá en ese grupo. Con políticos, futboleros, actores, corruptos, poetas, ludópatas y un enjambre variopinto de almas decadentes. Lo siento le digo. La muerte es así me dice. Cada oveja con su pareja. Al despedirme le pregunto si quiere dar un mensaje a las futuras generaciones. Me dice que nada. Que si pueden, se interesen por la brujería chilota.

Ilustración de Javier Molinero.

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Presentación: La música de la soledad de Ramón Díaz Eterovic.


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Dios en Puerto Natales

Estábamos en El Trébol cuando entra Dios. Todos lo reconocen y nadie se asombra. Ya nadie se asombra de nada. En ninguna parte. Ni siquiera en Puerto Natales. Entra Dios y una colombiana va a su encuentro. Le pregunta qué se va a servir. Le contesta que nada. Por el momento nada: sólo ando viendo cómo está el ambiente. Esteban que acaricia los pechos de una peruana le dice: amigo; tome lo que quiera que yo invito. Pide un whisky. Se lo sirven y viene a nuestra mesa. Pregunta si puede sentarse con nosotros y Salvador, que tiene sentada en sus rodillas a una argentina le dice: como no compañero, no faltaría más, tome asiento. Ana Bárbara canta La Trampa y el ambiente es distendido. Seguimos en lo nuestro. Ahora Dios acaricia las nalgas de la colombiana y yo beso a Juliana, una guatemalteca que sus padres fueron abatidos en un control antidrogas en la frontera con México. Dios es un tipo de pocas palabras. Solo toma y de lo único que se preocupa es de las nalgas de la colombiana. Esteban la dice a la cabrona que le lleve la botella de whisky a la mesa.

Saca a bailar a la colombiana y se ve que es un tipo que no da pie en bola. No tiene mundo. Sus movimientos son descoordinados y cada tanto tropieza con su túnica. La colombiana nos hace un gesto de fastidio. Las chicas siempre prefieren a un tipo con guita y se han dado cuenta, como todos nosotros, que Dios no tiene un mango. Además de no hablar no sabe nada de nada. Le preguntamos sobre fútbol y nada. Sobre la crisis del Ébola y nada. Sobre el ISIS y nada. Un verdadero pelmazo. Puta el weon apático de mierda dice Esteban. Le digo a Esteban que se calme. Que es posible que no tenga una buena noche. Que todos nosotros no siempre tenemos un buen día o una buena noche. Que en definitiva es Dios y que habrá que soportarlo. Me dice: puta la wea, le pago su mierda de whisky y esta mierda se comporta como un niñato. Calma le digo. En un momento hablará. Contará algún chiste. Alguna anécdota. Alguna aventura. Algo.

En el momento que enciendo mi cigarrillo número tanto. Habló. Se dirige hacía mí y me pregunta: ¿Y tú hijo que haces, a qué te dedicas?.

Yo: En primer lugar no soy tu hijo y en segundo lugar tú deberías saber.

Dios: Lo sé hijo… pero quiero que tú me cuentes qué haces.

Yo: Nada. Escribo, me emborracho, voy de putas y follo con señoritas despreciables.

Dios: ¿Y crees que esa vida te llevará a la salvación?

Yo: ¿Salvación de qué?

Dios: No sé… de tu alma, por ejemplo.

Yo: Mira weon le digo. Vienes acá, sin un puto euro. Esteban te invita y quieres que escuche de ti un puto sermón en El Trébol. Pero por qué no te vas a la concha de tu madre. Será mejor que aprendas a bailar y a interesarte por cosas que pasan en el mundo. No sabes nada de nada de la vida. Ni siquiera sabes la última alineación del Real Madrid. Rematé con un: ¡Dejate de joder! (con ese sonsonete argentino que siempre llevo dentro).

Ahora es Esteban que me dice que me calme. Me dice: no hables con este imbécil. Pero en verdad que estoy enfurecido. Le derramo sobre su cabeza lo que queda de su botella de whisky y a empellones lo saco a la puta calle. Vuelvo a la mesa y recibo aplausos. Esteban pide una nueva corrida de tragos para todos y brindamos.

Salí de allí cuando comenzaba a nevar. Llegué a casa y alimenté a mi gato. Había sido una buena noche. Puse algo de Thelonious Monk y me dormí.

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