Me queda Brahms, un libro de Panero y media botella de whisky

Ya todas las chicas se fueron. No ha quedado ninguna. Salgo a la calle y compruebo que no ha quedado ninguna. Ahora llegaron otras chicas. Más altas. Más bellas. Más inteligentes. Mejores labios. Mejores tetas. Mejor culo. ¿Y adónde se fueron las que estaban? Un misterio. Se esfumaron. Para siempre. No están más. Y uno pasa ante las que llegaron como el perfecto hombre invisible. Un fantasma entre fantasmas. Un lemúrida de aquellos. No existes ya que también te fuiste. Desapareciste. Para siempre. Y uno se le da por hacer cabriolas. Se balancea en una cuerda floja. Sube el Everest. Saca mil conejos de la galera y nada. Te pones un jeans, una chupa de cuero negro y montas en tu 4x4 y ni una mierda. No existes. Acceso vedado. Tendrías que ser Primer Ministro y ni aun así. Nada. Ni un bagre en tu lienza. Cada día las chicas son más lindas y uno más viejo. Y así no se puede. Cuando debe pararse no se para y cuando no debe pararse tampoco se para. El otro día vino una chica de ahora y me dijo: yo a usted por algunos videos, lo hacía más viejo. Luego la vi perderse abrazada a mi hijo por la calle Valdivia con rumbo desconocido. Me queda Brahms, un libro de Panero y media botella de whisky. No debo pensar más en todo esto. Me abocaré a lo que tengo que hacer. Regar las plantas y escuchar The Ramones. Y a pensar que tendría que haber nacido en el 2050. Cuando las chicas serán más altas, más bellas, más inteligentes, etcétera.

[+/-] Read More...

Escucho una vieja canción que nadie escucha

Camino y nadie me ve. Escucho una vieja canción que nadie escucha. Leo un libro que nadie lee. Viajo en una carroza tirada por hienas enloquecidas en una avenida atestada de zombies. Y no es sueño ni metáfora. Recuerdo que esto ya lo había conversado con Félix Francisco Casanova. Estamos solos. Nadie nos salvará de la caída. Del derrumbe definitivo. Ni siquiera alguna mujer de caderas elásticas, ni el Papa ni el orgullo nuestro de cada día. Hemos venido a predicar la destrucción para reconstruir la dicha y hemos sido crucificados en el manantial de la bondad televisiva. De políticos y señoras de la bondad que nunca leyeron a Rimbaud. Que nunca sintieron el viento en sus almas. Que nunca entendieron el poder de la navaja. Ni siquiera nos dieron un minuto en su puto programa de destrucción masiva. Ni siquiera fuimos tocados por la varita mágica de un hada prodigiosa que entendiera al héroe. Viví entre gnomos y fui despreciado por holgazanes de turno. He vivido siempre danzando sobre la fogata encendida de comentarios asesinos. No tengo un lugar en donde estar a salvo de la mierda circundante. Pero algo tengo claro. No merezco vuestra aprobación. Ustedes no merecen mi desprecio. Yo solo quiero el olvido. Y lo tengo. Mucho antes de morir ya he sido olvidado. Mañana continuaré con mi carroza tirada por hienas enloquecidas. Sobre mi tumba el olvido. ¡Fuck you!

[+/-] Read More...

Esta noche me acostaré temprano

Esta noche me acostaré temprano. Un par de oraciones al Altísimo y a la cama. Nada de embriagarme con amigos. Esa vida de mierda se terminó. Nada de marihuana. Nada de leer a putos poetas malditos. Abdico de toda puta vorágine insustancial y nociva. Dejaré de follar a cuanta mujer se me presente por delante o por detrás. De partida solo lo haré con ella. Con mi mujer. Seré bueno esta noche. Mañana seré un hombre más bueno aún. Lo prometo. Lo juro. Mañana me ducharé temprano. Daré un beso a mis hijos y me iré al trabajo. Luego al mediodía volveré a casa. Le daré un beso a mi mujer. Acariciaré a mis hijos y seguiré siendo un hombre bueno. Por la tarde saldré del trabajo y llegaré a casa. Ella me esperará con jazmines en las manos. Su hermosa sonrisa presente y una canción de Bruno Mars. Hablaremos de mi trabajo. Me contará sus cosas. Todas interesantes. Veremos una película y nos iremos a la cama. Y al otro día lo mismo. Y al otro día lo mismo. Y al otro día lo mismo. Y así. Por siempre. Nos iremos de vacaciones. Volveremos. Luego nuevamente vacaciones. Luego nuevamente volveremos. Y así por siempre. Seremos felices. Respetados. Ejemplo de la Humanidad. ¡Esa es vida! Por siempre. ¡Esa es la vida!

[+/-] Read More...

Manejaba un taxi

Manejaba un taxi y era colectivero en la línea 21 y no era un buen día. No podría serlo por lo demás. No era hijo de la presidenta Bachelet que gana en un pase de manos miles de millones. Era yo y mi puta circunstancia. Ni les cuento. Les cuento: mi mujer me acusaba de veinte delitos. Me desalojaban de mi casa. Mi hijo en la cárcel. Un cielo de lagartos sobre mi testa. Y yo ahí en la línea 21 de colectivero. ¡Vaya mierda! Bajo la calle Bulnes y doblo por Ignacio Carrera Pinto. Frente al hospital se sube una mujer más gorda que una nube gorda. Apenas logra subirse al colectivo. Lleva muletas. Es más fea que una mujer fea. No dice nada. No digo nada. Arranco. Luego de pocos minutos me pregunta si paso por Campo de Hielo. Le digo que sí. Luego cuando llegamos a Campo de Hielo me pregunta si paso por dentro, aquello significa dar una vuelta de más por dentro de su barrio. Le digo que sí. Luego me pregunta si puedo dejarla en la puerta de su casa. Le digo: pero por qué no te vas a la concha de tu madre vieja de mierda. Me dice: oiga usted viejo de mierda, es que nunca le han enseñado modales para tratar a una dama. Le contesto: pero qué dama la concha de tu madre. Me responde: viejo pelao de mierda, qué se ha creído viejo puto culíao. Le digo: váyase a la concha de su madre vieja de mierda paralítica. Me dice: váyase usted a la mierda y no le voy a pagar su puta carrera. Le digo: no me pague y saque su puto culo de acá. Sale del colectivo. No fue un buen día. No fue un buen día para mí. No fue un día para ella. Era claro. Teníamos que cruzarnos. Teníamos que encontrarnos. Liberar tensiones. Eso. Putearnos. Me sentí bien por el resto del día. Ella de seguro también.

[+/-] Read More...

Historias reales casi siempre inventadas

Nadie me lo ha dicho. Escribo cositas cortas. Inadvertidas. A veces repletas de asuntos redundantes. Poniendo comas donde no tienen que estar. Muchos puntos seguidos. Historias inventadas casi siempre reales. Historias reales casi siempre inventadas. Pasará el tiempo y algún día aprenderé a escribir. Me explayaré. Cinco carillas a doble espacio. Me compraré un sombrero. Iré a la hípica y apostaré por el caballo de mi tío Olegario. Me emborracharé con Madame Bovary en una esquina del París de 1857. Conquistaré a la chica. Y escribo. Escribo cositas cortas. Inadvertidas. A veces sobre el clima. Otras sobre el climax. Y el paso del tiempo tiene sus secuelas. Como que a este blog acaba de entrar el visitante número dos millones. No sé si aplaudirlo o darle una bofetada. A veces la gente entra buscando veneno para ratones. Otras por: cómo matar a mi esposa sin que se note. Por Esenin. Gregory Corso. Por Juan Mihovilovich o Niki Kuscevic Poesía de vanguardia, cosas así. Remedios contra el mal de ojo. Por Vicente Huidobro. “Quiero que mi marido me quiera”. Por Bukowski. Por Javier Molinero. Por Cortázar, Borges y mi tía Manuela. La gente entra al blog por la estupidez más grande o porque quiere saber el dato preciso del día de mi muerte. Mucha gente entra por Ramón Díaz Eterovic. Por Roberto Arlt. Por Hemingway. Y hay una chica que entra por mí. No sé si aplaudirla o darle una bofetada. Chi lo sa?

[+/-] Read More...

Puerto Natales



puerto natales no debiera llamarse puerto natales
sino carreta, trompo, pelota número cinco, trencito a bories;
cierta vez viajando en el colectivo 60 en buenos aires
sentí el olor de la vaca que ordeñaba mi tía manuela,
aquella noche vería bailar a julio bocca en el colón
y de acompañantes el establo, la vaca y mi tía manuela.

otra vez en el tortoni escuchando recitar a borges
se produjo el mismo fenómeno, entonces pensé que yo
nunca salí de mi pueblo, de mi barrio, de mi infancia,
que si yo aterrizo en viena, parís o amsterdam
seguiré siendo un campesino, que si alguna vez ingresé
al incierto desamparo de la poesía fue por la ventana,
por puro molestar; que si alguna vez estuve
en el balcón de la casa rosada fue por extravagancia
pueblerina y eso se me nota, yo soy la tía manuela,
también soy la vaca de la tía manuela.

por eso, para no ofender las narices citadinas
o la nariz de alguna golfa respingada, para poder
entrar al cine a ver alguna de bergman, o para visitar
alguna tenebrosa oficina pública me pongo colonia,
de la mejor, pero indudablemente se me nota;
por eso llevaré para siempre esta historia,
mi historia, la de ser un campesino,
llevaré para siempre este olor, el olor de bosta
de la vaca de mi infancia, y el de haber nacido
en un pueblo que debió llamarse

carreta, trompo, pelota número cinco, trencito a bories.

[+/-] Read More...

De pequeño me enamoraba casi todos los días


A Enzo Gómez.

De pequeño me enamoraba casi todos los días. De seguro ponía cara de tonto. Era el tiempo en que a las chicas les gustaban los chicos con cara de tontos. Los listos no tenían cabida en ese mundo mío de la infancia. A veces conseguía una sonrisa, un caramelo, un beso. Alguna vez una entrada al cine. Cosas así. Una vez una chica me regaló su muñeca favorita. Otra una goma de mascar con la foto de John Lennon. De tanto enamorarme llegaba cansado a casa, mi madre me contaba un cuento y me dormía.

Un día me enamoré de la chica de la esquina que era prima de un chico de al lado de casa. Ella me regaló un beso y yo le regalé un beso. Como siempre ocurría, aquella vez llegué cansado a casa, mi madre me contó un cuento y me dormí. Al día siguiente por la tarde, me encuentro con su primo que tenía mi edad y vivía al lado de casa. Me pone un cuchillo mantequillero en el cuello. Me dice: no te enamores de mi prima porque te mato. Me fui temblando a casa. Tenía ocho años. Nevaba.

[+/-] Read More...

El rincón donde anidan las ánimas

Por Ramón Díaz Eterovic


Nunca más volví a ver al Colorado Mendoza desde aquella tarde de domingo en que lo vi salir del camarín, aparentemente tranquilo, recién duchado y con una sonrisa en los labios que delataba su alegría por el resultado del partido. Salió en compañía de dos extraños que parecían sostener su cansancio por el esfuerzo de ponerse el equipo al hombro, como solían decir los relatores deportivos que, a voz en cuello, contaban una historia particular de cada juego, irradiando sus fantasías hacia auditores remotos, desconocidos y muchas veces solitarios que debían reconstruir con imaginación el desplazamiento de los jugadores por el rectángulo de la cancha. Se dijo que los dos extraños eran representantes de un equipo de Santiago que deseaban incorporar a sus filas el talento de Mendoza; un rumor que por unas horas fue alentado por los comentarios entusiastas de los hinchas que veían en esa contratación una victoria de todos, que los apartaba de la costumbre a la derrota, los triunfos sacrificados y la escuálida esperanza de un marcador cero a cero.

Irineo Mendoza abandonó el estadio por una salida secundaria, lejos del bullicio de la barra que lo esperaba junto a la puerta principal, desde la que se podía ver el cerro que limitaba con la parte trasera del cementerio municipal, ocupada por mausoleos y bóvedas que a los aficionados sin dinero le servían de improvisadas tribunas para mirar los partidos con una perspectiva que en los días claros llegaba hasta los contornos de la Isla Tierra de Fuego y a la más cercana presencia del Estrecho de Magallanes con su bullicio de barrista inagotable. Una vez que se conoció la verdad, pasó un buen tiempo en que no se habló de otra cosa, hasta que el olvido hizo su juego, salvo para mí y algunos de los viejos del barrio. Ellos recordaban a Mendoza y cuando lo mencionaban sus rostros se ponían serios, sus ojos húmedos y lentamente, como si el recuerdo les abriera llagas ocultas comenzaban a revivir esa tarde de domingo en la que Mendoza cobró su revancha con las dos únicas armas que portó en vida: su talento y un balón de fútbol.

Aunque me llevaba dos años de ventaja, con Mendoza fuimos amigos desde la adolescencia. Nacimos y nos criamos en el mismo barrio, casi siempre corriendo detrás de una roñosa pelota de fútbol que la lluvia o la nieve convertía en una piedra difícil de trasladar por la improvisada cancha de la vereda, y más aún de cabecear después de un centro o tiro de esquina, de esos que Irineo ejecutaba con natural maestría. Desde niño fue hábil para la pelota y, años después, cuando decidimos vestir la camiseta del Cruz Austral me dedicaba seguir sus movimientos en la cancha y a esperar el pase que me podía llevar al segundo de gloria al que todos aspirábamos. Mi talento no daba para más; era lo que llamaban un lauchero, espécimen que fue cayendo en desuso una vez que los árbitros aplicaron con rigurosidad la regla del fuera de juego.

Cruz Austral, era un club del montón. Escogía a sus jugadores desde los muchachos del barrio, lo que no era garantía de gran calidad pero si de entusiasmo y garra, dos características que en algún momento nos hizo adoptar para nuestras divisas la aguerrida camiseta celeste que había usado Obdulio Varela en la final del Mundial de Brasil. Por eso nos decían los uruguayos. Por eso y por la pierna dura que no vacilábamos en utilizar cuando el logro de un empate o la defensa de un marcado favorable imponía cuidar los palos que defendían el Tuerto Arteaga o mi hermano Jacinto.

Pero Mendoza no pensaba sólo en fútbol. Tenía otros intereses y pasiones. El cine, los libros y eso que mi madre, despectivamente, llamaba sus ideas. Algo que a ella la incomodaba, sobre todo cuando al volver algunas tardes de su trabajo, veía a Mendoza y a su hermano Raúl pegando afiches en los muros del barrio. El recuerdo que hago de mi madre es anterior al año en que según mi hermano la vida se nos fue al carajo. Y lo cierto es que a ella no le simpatizaban los hermanos Mendoza. A Irineo lo soportaba por su aporte al club del que ella era la tesorera, y a su hermano Vicente prefería tenerlo lejos de mi compañía. Esos chicos van a terminar mal, sentenciaba de vez en cuando, y por entonces yo no lograba entender cabalmente a qué se refería. A lo más lograba pensar en esa casa de la que mi madre decía haberlos visto salir alguna vez, ebrios de trementina y largos besos, como decía Neruda en uno de los poemas que solía leernos mi padre en la sobremesa de los domingos.

Sin embargo, y pese a los refunfuños de mi madre, a diario me juntaba con los hermanos Mendoza y en más de una ocasión los acompañé a dejar paquetes de impresos a unas casas que se perdían entre el barrial de la Población 18 de Septiembre. Meses más tarde comprendí que no a todos les agradaba el trabajo de improvisados carteros que realizaban los hermanos Mendoza. Fue a partir de la mañana de un martes especialmente ventoso en el que se interrumpió el trabajo en el taller y comenzó a escucharse una vibrante marcha militar desde el interior de un edificio vecino. Si aguzo la memoria podría decir que esa mañana vi lágrimas en el rostro de Mendoza. Las mismas lágrimas que no ocultó cuando dos semanas después de ese martes con ventolera supo la suerte que había corrido su hermano Vicente después de que unos hombres lo fueran a buscar a la mueblería donde trabajaba. Fue lo último que se supimos de él hasta que su cadáver apareció en la playa, a cinco kilómetros al norte de la ciudad. Los diarios hablaron de un asalto, pero los del club sabíamos que eso era mentira. Así lo dijo Irineo Mendoza en las palabras que leyó en el cementerio para despedir a su hermano. Y después de ese discurso, Irineo comenzó a recibir las primeras amenazas. Papeles deslizados bajo la puerta de su casa, recados dichos en voz baja a su madre, gatos muertos que aparecían en el antejardín. No te hacen daño porque la gente te conoce y celebra tus habilidades, le dijo su padre una noche que discutieron la conveniencia de que se fuera del país por una temporada. Irineo se resistió a la idea y luego, dos o tres semanas más tarde, ya no tuvo que seguir pensando en ella. Una noche lo sacaron de su casa con los ojos vendados y lo subieron a un vehículo que no detuvo su marcha hasta llegar a la barcaza que lo llevaría hasta Puerto Porvenir. Que obedeciera la orden o terminaría igual que su hermano, le dijeron. Que la Patria no necesitaba a tipos como él y que la porquería de equipo en el que jugaba nunca ganaría nada. Todo esto lo supe en la carta que me escribió a los dos meses de su partida. Vivía en una pieza junto a la iglesia del pueblo, trabajaba en una ferretería y se había ganado un puesto fijo en un equipo de la modesta liga local. De su regreso no habló en esa carta ni en las seis restantes que envió durante un año hasta que dejó de escribir. Lo último que supe de él fue gracias a un vecino que viajó a Río Gallegos. Mendoza había escapado de Puerto Porvenir, estaba contratado por un equipo de segunda división y no faltaban los que decían que podía terminar en un equipo de Buenos Aires. Por esos días yo había decidido colgar los botines, tal vez porque me convencí de que había tocado techo como futbolista o extrañaba a Irineo cuando miraba al centro de la cancha y no veía a nadie que pudiera enviarme un pase al callo y con intención de gol.

La revancha de Mendoza la viví desde la tribuna del estadio, seis meses después de mi retiro. En las tribunas había unos trescientos espectadores que desafiaban al frío y al escaso interés que provocaba el partido. Nuestro equipo jugaba con el representativo de los milicos y los puntos en disputa eran importantes para ambos clubes. Para los milicos, ganarlos significaba salir campeones y para nosotros la última carta que nos quedaba para librarnos del odioso descenso. Las apuestas, desde luego, estaban inclinadas para el lado de nuestros rivales, integrado mayormente por pelados y dos o tres tenientes que se mantenían en buena forma, pero que estaban bastante desprestigiados por aquellas cosas que no escribían en los diarios y de las que solo se hablaban en voz baja y entre gente de confianza. Y de esos trescientos espectadores una buena parte eran hinchas del Cruz Austral, esperanzados en ganar después de conocer la noticia del regreso de Mendoza. De la noche a la mañana, como caído del cielo, el Colorado estaba de vuelta y podía jugar gracias a una cláusula del reglamento del campeonato que permitía incorporar una galleta en las dos últimas fechas del calendario.

El regreso de Mendoza me lo había contado mi hermano Jacinto, el guardapalos y capitán de nuestro equipo. La noticia, que había comenzado como un rumor, llegó rápidamente a la ferretería donde trabajaba mi hermano. Mendoza había vuelto a Punta Arenas a visitar a sus familiares y a vender la casa que había pertenecido a sus padres, fallecidos con dos semanas de diferencia y con los nombres de sus hijos ausentes en los labios. Lo concreto, más allá de las suposiciones, era que mi hermano y otros dos jugadores del club, ubicaron a Mendoza y después de unos tragos le hablaron de volver a colocarse la camiseta número diez del Cruz Austral. Una y otra vez se analizó el riesgo que corría Irineo si aparecía en público y frente a un rival que representaba a quienes lo habían relegado. Incluso, más tarde se dijo que Irineo había recibido la visita de un oficial, pariente lejano de su madre, que lo había conminado a hacer sus trámites con discreción y luego regresar a la Argentina. Mendoza no quería más líos y guardó un largo silencio antes de dar la respuesta esperada. La contienda contra los milicos es de vida o muerte, fue la frase que según mi hermano terminó de convencer a Mendoza. Un detalle del cual tengo mis dudas, porque según los recuerdos de otros amigos que estuvieron presentes en la conversación, fue la mención de su hermano acribillado lo que abrillantó sus ojos y le llevó a decir que jugaría por el club al que pertenecía desde su adolescencia.

Para el partido no hubo entrenamiento previo. Y no por falta de tiempo, sino porque las prácticas del equipo se redujeron a las reuniones donde mi hermano organizaba a los jugadores dentro de una cancha imaginaria que dibujó en una pizarra. El resto poseía el encanto de lo inesperado para los muchachos que competían por cariño al club y para espantar la desesperanza de esos días en los que la mayoría de ellos estaban cesantes, adormecidos por el tedio pueblerino y la quietud fantasmal que imponía el toque de queda por las noches.

El aspecto de Mendoza no llamaba mayormente la atención desde la tribuna. Se veía algo grueso y sus piernas arqueadas parecían más apropiadas para montar los caballos que competían en el hipódromo. Pero apenas comenzó el juego, Mendoza demostró que seguía a la altura de su fama. Desde el primer minuto salió a perseguir a los delanteros rivales y se mantuvo cerca del área inquietando con su presencia a los dos maceteados defensas centrales del equipo rival. La pelota parecía desaparecer entre sus piernas y al menor descuido de sus cancerberos sacaba un disparo fuerte, envenenado, que en tres ocasiones obligó a extremar sus esfuerzos al arquero rival. La ausencia no había restado precisión a Mendoza en su relación con los muchachos del equipo, los que también aportaron lo suyo, apegados a sus posiciones y marcas, disponiendo con juicio la entrega de los balones y sobre todo, dispuestos a romperse el alma en cada disputa de pelota.

En el descanso del medio tiempo fui a los camarines a ver a los muchachos que seguían las instrucciones de mi hermano Jacinto. A Mendoza le aconsejó que transitara más cerca del área rival, y a Sapunar, el mediocampista, que retuviera la pelota y no lanzara los pases a tontas y locas. Los demás debían continuar con sus tareas, duros, atentos, y con ganas de partirle el alma a los rivales.

El segundo tiempo comenzó con un ataque veloz de los milicos. Suárez, nuestro marcador de punta izquierdo, se descuidó y un petizo con aspecto de macaco se metió hasta la línea de fondo y lanzó un centro que cabeceó el diez de los contrarios sin que mi hermano atinara a mover un pelo mientras la pelota daba en el madero y salía fuera de la cancha. El grito de gol se ahogó en una reducida parte de los espectadores y por algunos minutos la banda instrumental del regimiento Pudeto se animó con unos sones marciales que solo tuvieron eco en unas pocas banderas que se agitaron en medio de la tribuna oficial. Fue un concierto breve, porque de inmediato Mendoza corrió por el sector central y después de eludir a dos adversarios, sacó un disparo que a duras penas logró desviar el arquero rival. Después de eso dejé de pensar en las condiciones de Mendoza y me dediqué a verlo jugar sin preocuparme mucho del resto de los jugadores que a poco andar el segundo tiempo comenzaron a verse faltos de energías, sudorosos, como augurando el final que ninguno de los nuestros deseaba.

Los milicos se adueñaron de la cancha por un tiempo prolongado que pareció asfixiar las esperanzas de los hinchas. Sus laterales se dieron maña para subir en apoyo de los delanteros, y por primera vez en el partido vi a mi hermano gritar a sus defensas y arrojar a un costado del arco su vistoso jockey naranja. El entrenador de los militares se puso a caminar al borde de la cancha y a voz en cuello fue dando órdenes desaforadas y algo incoherentes a sus jugadores. Los nuestros resistieron a pie firme, intentaron un par de ataques fulminantes y parecieron recuperar el resuello cuando el referí señaló que se jugarían tres minutos de descuentos.

Tiré al suelo el cigarrillo que fumaba y miré hacia la banda militar que se aprontaba a iniciar una nueva marcha. Pensé en los titulares de la prensa al otro día, en la tristeza que nos acompañaría durante varias semanas y en el posible destino de Mendoza. Pensamientos que abandoné de inmediato al ver que Magaña, el defensa central de nuestro equipo caía al suelo, lesionado por la patada de un milico. Jacinto lo ayudó a salir de la cancha y enseguida el árbitro dio la orden de reanudar el juego. Uno de los milicos inició una nueva carga. Eludió a Jarpa, nuestro seis, y al disponerse a entregar la pelota a otro de sus compañeros, la pierna derecha de Mendoza se interpuso. Estaba a treinta metros del arco rival. Se detuvo un instante, respiró hondo, dejó correr el balón unos metros y luego lo golpeó con toda la fuerza que le restaba. Los que saben dicen que fue un tiro inédito en esa cancha y que pasarán muchos años antes que se vea algo igual. La pelota se elevó hacia el cielo y cuando parecía que se perdería entre las tumbas del cementerio vecino, bajó velozmente y se incrustó en un rincón del arco, lejos de la inútil pirueta del arquero que fue a dar al suelo con la gracia de un muñeco desarticulado. El árbitro no dudó un segundo en pitear el gol y junto con el silbato se escucharon gritos en las tribunas, aplausos que contagiaron incluso a los escolares que habían sido llevados para vitorear a los milicos. Mendoza se perdió bajo una capa de abrazos y cuando un minuto después continuó el partido, nadie dudó que el resultado final estuviera sentenciado.

Mendoza salió del estadio en compañía de dos extraños que parecían sostener su cansancio. Alguien dijo que regresó a Río Gallegos en el último bus del día y sus familiares, pese al desconcierto, demoraron varios días en reconocer lo sucedido. Mi hermano contó que había vuelto a Río Gallegos, y Abel Zúñiga, un vecino zapatero comentó que a Mendoza lo habían detenido. Lo cierto es que en los diarios del día siguiente no se dijo nada del triunfo de nuestro equipo. Ni una línea que recordara la derrota de los milicos ni el certero puntapié de Mendoza que, para decirlo a la manera de los entendidos, hizo que el balón llegara hasta el rincón donde sólo anidan las ánimas. Al Colorado Mendoza nadie volvió a verlo, aunque de tarde en tarde alguien dice que lo vio caminando por la ahora vieja cancha del estadio fiscal, como un fantasma que sigue recordando su revancha.

 Del libro: "Mi padre peinaba a lo Gardel" Lolita Editores. Santiago, 2014.

[+/-] Read More...