El día que te enteres

El día que te enteres. El día que sepas que he muerto. El día que tengas la certeza. Lanza una lágrima por tu balcón. Hazlo en forma melodramática. Como si te estuviesen filmando. En blanco y negro. Una sola lágrima. Como aquella película de Bergman. Luego llama a tus amigas. Le cuentas. Le dices lo triste que estás. Que por favor te vayan a ver. Que el jueves no. Que el jueves no estarás en casa. Le cuentas que te lo esperabas. Que era previsible. Que sólo era cuestión de tiempo. Pero que no estabas preparada. Luego riega tus plantas. Pones algo de Mozart. Te duchas y preparas tu desayuno. Será sin duda un día especial. Luego ya sabes. Sales a paso ligero escuchando aquella canción. Preparada para la tormenta de la dicha.

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“¡Me cago che!”


Presentación del libro "¡Me cago Che!". De izquierda a derecha; Marcelo Pérez,
el escritor Héctor Martínez Díaz y el periodista Gregorio Muñoz. 
“Envié mis manuscritos urbanos, 
que son pobres, pocos y breves, a un amigo narrador, 
que me respondió que todavía no los leería...”. 
(pág.166).

Estamos en presencia de una obra multifacética que, si se mira en estricto rigor, no tiene un parámetro de medida único. No se trata de un texto ensayístico, aunque pudiera catalogarse como tal en determinados espacios; tampoco se trata de una simple recopilación de artículos variados, aunque a primera vista pudiera parecerlo. Cierto, las columnas que Pepito El Breve ha diseminado por periódicos de papel y en diferentes páginas webs pudieran sincronizarse en un volumen apretado, en una síntesis que hoy nos entrega como respuesta a un deseo compartido de ver unificada su dispersa producción. Pero, en esencia y afortunadamente, se trata de algo más que eso. Se instala en la literatura magallánica una forma de decir y de expresar un mundo desde una óptica distinta. Y no puede ser de otro modo: Pepito el Breve rezuma sarcasmo, crítica ácida o entreverada, sentido del humor e irreverencia y hasta cierta dosis de nostalgia que comprende e importa una suerte de estética regional, de “mirada” alternativa a los cánones habituales del periodismo común, (y por qué no), hasta de ciertas expresiones de la literatura formal. Y ello es así, porque “Me cago Che” trasciende ese periodismo algo acomodado a las circunstancias, a las palabras de buena crianza o de no “pisar callos ajenos” por variables que no es del caso analizar, pero que son y existen.

Estamos ante una obra que por su contenido y su formato descree de ciertas instituciones, se desliga de algunos patrones denominados “normales” para analizar el contexto en que cierta vivencia cotidiana asumida como literatura, se expande y desarrolla. “Me cago che” tiene un destinatario que es, como sus artículos o columnas, igualmente variopinto. Puede ir desde el más iletrado a aquellos eruditos de la palabra que hacen de la misma un instrumento de conocimiento y, probablemente, hasta de dominación. No importa cuán distanciados podamos estar de quienes pululan por estas páginas premunidos de un disfraz que termina por ser un desnudo de la sociedad que habitamos. No importa de qué manera las situaciones que se explicitan o se insinúan o se advierten, puedan ser una sátira vomitiva del mundanal ruido neoliberal que se nos presenta como la virtual panacea de los tiempos modernos. Lo que sí pareciera importar es que nos resulta, al fin de cuentas, un espejo, una imagen refractada que nos incomoda un poco, como si estuviéramos sudados en medio del frío magallánico o nos deslizáramos por avenida Bories en medio de una cuerda inexistente, pero real. Y es que “Me cago che” es un poco el resumidero de lo que hemos terminado siendo, a nuestro pesar o a pesar de las buenas intenciones. No es ni malo ni bueno. Sencillamente, es, aunque tampoco pudiera concluirse que sea para siempre.

Por último, “Me cago che” es un llamado de atención a nuestra desidia ciudadana, un tirón de orejas como cuando éramos niños y bajábamos avergonzados la vista de lo que habíamos escrito en la pizarra.

Los que buscan consuelo o pasatiempo, no lean este libro. Los que conservan el viejo y relamido statu quo déjenlo sobre el velador. Los que piensen que su lectura será una simple distensión de sus mejillas en algo parecido a una sonrisa forzada, no pierdan su tiempo entre sus páginas. Pero, si existen aquellos que necesitan que el suelo se les remueva un poco y adviertan que la vida en sociedad consigue ser vista con una expresión de sorpresa, más allá del desencanto, léanlo. Seremos muchos y “Me cago che” terminará siendo lo que es: una suerte de bofetón intelectual…más que merecido.

Juan Mihovilovich 

Fotografía de Bernardo Balbontín.

“¡Me cago che!”. Autor: Pepito El Breve. Edición de La Prensa Austral de Punta Arenas. 2014, 173 páginas.

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Tsunami en Puerto Natales


Chile, el país Chile, no tiene la más puta idea de dónde queda Puerto Natales. Y si lo sabe lo disimula muy bien. Bueno… les comento, Puerto Natales queda en Chile. Pero Chile no lo sabe. O se hace que no lo sabe. Entonces hay un terremoto, que sucede a más de dos mil kilómetros de donde queda Puerto Natales, y el gobierno de Chile, que vive en Santiago de Chile, dice que tenemos que subir a un cerro porque estamos ante el evidente peligro de un tsunami. Vivimos en una bahía en donde ni siquiera entra una marmota. O un bote a vela. En donde ni siquiera nos visita Papá Noel. En donde aún no nos enteramos de lo que pasa en Chile. Pero llega el Gobierno de Chile y nos dice que tenemos que ir a protegernos a la montaña más alta. Es una orden nacional del Gobierno de Chile. El Gobierno nacional de Chile que vive en Santiago de Chile. Y sacan a la gente de sus casas en mitad de la noche. A señoras con las cenizas del marido dentro de un cofre. A enfermos del hospital. Y los bomberos con sus alarmas. Y viejecitas que suben los cerros. Y niños dormidos que mueren de frío. Y toda la parafernalia. No sé qué se creerán estos mandamases de turno. Que ni siquiera saben dónde queda Puerto Natales. Y si lo saben les importa un carajo. Solo se trata de hacernos creer, que hacen las cosas bien. Hacernos creer que formamos parte de Chile. Un país distante lejano y extraño. Cuyas tontas y desopilantes órdenes tenemos que acatar. Que nos hace sentir y parecer ridículos. Ellos trabajan por nuestra seguridad. Les importamos. Pero no. No les importamos una mierda. ¡Ellos son importantes! Su ignorancia es importante. Y sus órdenes son órdenes. Como el estúpido e insolente escudo nacional. ¡Por la Razón o la Fuerza! Y Así nos va. Dios salve a Chile y también salve a Puerto Natales. De Chile.

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Esa grasa de pollo deprimido

Esa grasa de pollo deprimido es un verdadero escándalo. No hay con qué darle. Un día dice te quiero y al otro día también lo dice. Y todo es mentira. Nunca querrá a nadie. En su puta vida. Sólo quiere tu dinero. Merodea por bares elegantes dándosela de baronesa o algo así. Pero es una puta pringada que no sabe cuál es la capital de Paraguay. Cree que Burkina Faso es el nombre de unas bragas. Merodea por donde circula gente como tú. O como yo. Siempre con esa cara de yo no fui. Con esa manera de chica inocente de mohín indescifrable. Siempre dirá que eres lo máximo. Lo mejor de la vida. Que tienes la polla más dura del condado. Que eres el más romántico de los mortales. Gritará sin parar en los momentos de su falso éxtasis. Sin que te des cuenta te desplumará. Te arrojará a la miseria más extraordinaria. Al abismo inconsolable. Ella cambia de nombre según la ocasión. Un día se llamará así y otro día se llamará asá. Ten cuidado con ella. Ella no lo tendrá contigo. Ni con nadie.

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La ropa limpia y la sopa caliente

Conocí a esa bola de grasa por una amiga. Mi amiga me dijo: Ese chico te conviene. Y yo, reina y princesa de las tontas, me lo creí. Creí que ese chico me convenía. Estuve con él durante cinco años. Cinco malditos años de mi vida. Me engañó tantas veces que perdí la cuenta. Siempre que aquello sucedía, prometía que no volvería a ocurrir. Y así pasaron mis años. Viviendo en una nube de mentiras. Me encerraba en casa y no me dejaba salir, mientras él se iba de juerga con sus amigotes del Club de Pesca y Caza. Luego llegaba y quería todo en orden.
... mirando películas de vaqueros.
La ropa limpia y la sopa caliente. Un día íbamos por la carretera y armó un berrinche de nada. Estrelló el auto en un poste por el lado del acompañante. Quedé con una fisura en la cadera que me hace andar de costado. Me trató tan mal que tuve dos abortos involuntarios. Como era rugbier, entrenaba con mi anatomía desplazándose por el parquet del living haciéndome tackles. Luego utilizaba su mole corporal para mantenerme en el suelo. ¡El muy cabrón! Últimamente había sido dado de alta por la marina chilena, y se lo pasaba todo el tiempo mirando películas de vaqueros. Conocí a un chico que es policía y todo cambió. Lo eché de casa y ahora se niega a firmar los papeles de divorcio. Ya no le temo a ese pedazo de mierda. Mi chico me ha enseñado a disparar. Tengo buena puntería.

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Entrevista a Juan Mihovilovich por Pacián Martínez Muñoz


Juan Mihovilovich. Fotografía de Sanna Jaaskelainen. 
Durante las tres últimas décadas, Juan Mihovilovich Hernández -poeta, cuentista y narrador nacido en Punta Arenas, en 1951- ha podido urdir una obra que renuncia a seguir modas pasajeras, tendencias literarias más rentables y los fuegos de artificio del marketing. Habitante de Concepción entre 1972 y 1980, ciudad de la que recuerda su “bohemia desgastante, que coincide con la ausencia de expectativas, los sueños rotos, y las esperanzas perdidas después del golpe de Estado de 1973”, y autor de una docena de publicaciones, acaba de lanzar su nouvelle “El asombro” (Simplemente Editores, 2013), que ha tenido una cálida acogida por parte de la crítica especializada.

“El asombro” narra la conmoción interior de un hombre que es testigo y víctima del terrible terremoto del 27 de febrero de 2010 y que lucha por sobrevivir, junto a su perro labrador, entre las ruinas de la catástrofe. Desde la austral Puerto Cisnes, ciudad en la que “la lluvia se mimetiza con el verdor virginal de un espacio inmaculado y salvaje”, y donde hoy ejerce como Juez de Letras, Garantía y Familia, Juan Mihovilovich reflexiona sobre su obra, sus influencias, y el compromiso del escritor con el mundo que nos toca vivir.

- A partir de su primera novela, “La última condena” (Pehuén Editores, 1983), que transcurre en la ciudad de Yumbel, se advierte la utilización de un estilo muy personal y la presencia de una atmósfera de sueño y locura, que será común al resto de su obra…

- “Sin duda. El estilo se ha mantenido más o menos coherente a través del tiempo, aunque debo reconocer que he simplificado el lenguaje. Si comparas “La última condena” con “El asombro”, a guisa de ejemplo, podrás apreciar que el barroquismo de la primera novela ha dado paso, en la segunda, a un perfeccionamiento del idioma, buscando la síntesis expresiva entre el deseo, el sentimiento y la reflexión. He procurado que esas variables se conformen en una suerte de unidad interna y que se configure una forma de respirar el texto desde adentro.

Por otra parte, es verdad, hay una cierta e íntima conexión en casi todas las obras que he escrito hasta hoy. Esa atmósfera de la que hablas está indisolublemente ligada a mi visión de mundo y a las experiencias vitales que he sufrido y vivido, sean familiares o externas. No puedo disociar la extrañeza de existir en un espacio depreciado -y despreciado- por nuestra especie, de ser parte de una locura global, donde el mero hecho de la sobrevivencia equivale a la adquisición de un número de la lotería. Si eso no es locura, no sé qué nombre ponerle”.

- Me imagino que a las influencias iniciales (García Márquez, Rulfo, Kafka, Dostoievski, por citar algunas) se han sumado otros referentes literarios a lo largo de los años. ¿Quiénes son y de qué manera han determinado la construcción de su prosa y el enriquecimiento temático de su narrativa?

- “A los citados debo agregar a Imre Kertész, el Premio Nobel judío-húngaro, quien me trajo de vuelta al mundo de las letras a contar del año 2003, luego de un silencio de doce años en que no publiqué nada y casi no escribí, creyendo que la literatura era algo inútil o un privilegio sin sentido. Pero un buen día tropecé con “Kaddish por el hijo no nacido”, una novela breve, pero dramática y profunda, que leí en un vuelo desde Santiago a Brasil.

Posteriormente descubrí a J.M. Coetzee, el Premio Nobel sudafricano, y me impresionaron su prosa limpia e impecable y su visión descarnada del mundo del apartheid, además de su compromiso ético con el reino animal, absolutamente visible en “Elizabeth Costello” y “La Vida de los animales”. Y claro, debo añadir también a Albert Camus, en el pasado, y más recientemente a Sándor Márai, Yasunari Kawabata, Kenzaburo Oé y Cormac MacCarthy. Hay otros, obviamente, pero centro en ellos las influencias de los últimos plazos”.

- En su última novela, “El asombro”, se advierte la lucha del individuo contra los temores ancestrales de los que hablaba Lovecraft. Sin embargo, también parece una metáfora de la situación del ser humano en un mundo hostil, como el que nos acecha en la actualidad…

- “Claro, “El asombro” no deja de ser una alegoría por recuperar lo que nos va quedando de humanidad. En un mundo en que el progreso se cimienta en terribles desigualdades sociales de todo orden y donde tres cuartas partes de la humanidad viven cercanas a la pobreza, uno se pregunta: ¿Qué egoísmo es el que sustenta tamaña aberración? ¿Qué impulsa esa sed insaciable de codicia, que arrasa con todo? ¿Quién o quiénes manejan los hilos de esta hecatombe generalizada? Y por supuesto, la metáfora del terremoto del 27 de febrero es eso: un reclamo, un grito, casi un aullido por acceder a lo trascendente, a lo perdurable, a lo eterno.

En ese tránsito que el personaje realiza junto a su perro se advierte la unión entre dos especies de la naturaleza: el hombre y el animal. También es un canto, un símbolo del reencuentro donde, paradójicamente, el animal recupera su equilibrio a partir del caos y la destrucción. Y luego, el perro se transforma en un guía, que libera a su amo de esos miedos ancestrales a los que aludes, convirtiéndose en una especie de protección, y forjando una hermandad, si el término cabe”.

- Al leer “El asombro” es imposible no pensar en la novela “La carretera”, del estadounidense Cormac McCarthy, o incluso en películas como “Soy leyenda”, inspirada en la novela homónima del norteamericano Richard Matheson. ¿Cómo surge la idea de situar al protagonista en ese escenario de hecatombe y post-apocalipsis?

- “A McCarthy lo comencé a leer después del 2005, con “La oscuridad exterior”, un libro extraordinariamente bien escrito, con una prosa poética densa, pero llena de dinamismo interior, que es lo que me atrae como proyecto literario. Luego leí, por esos misterios de la vida, “La carretera”, mientras iba a Croacia a presentar, el año 2007, mi novela “El contagio de la locura”, junto a mi hijo menor, Pablo. Toda una simbología... El hombre y el hijo insertos en un mundo viejo y terminal. La diferencia estriba en que en “El asombro”, la decadencia o el desastre parten de una reacción telúrica y ésta es observada por el individuo desde adentro hacia afuera, en una suerte de “terremoto introspectivo”, como señaló certeramente el crítico Camilo Marks.

Y la película “Soy leyenda” la vi recién el año pasado. En ambos casos, la analogía parece equivalente. Sin embargo, “El asombro” parte de un hecho absolutamente real: el terremoto aludido. Yo estaba en Curepto, solo, en una inmensa casona antigua que se desmoronó por completo y apenas alcancé a salir del dormitorio cuando una pared cayó sobre mi cama. El perro, un labrador cachorro que vivía en ese tiempo conmigo, aullaba desde unos minutos antes y tenía tanto espanto como yo. Durante los tres primeros días permanecimos en un aislamiento completo. No sabíamos si el mundo se había partido en dos. Los caminos de acceso se hallaban cortados. Los celulares no funcionaban. Las personas deambulaban como zombis por las calles, mirando la destrucción. Nadie atinaba a nada, pero sentí como si una energía maligna comenzara a entronizarse en las miradas, en los gestos, en las actitudes de “los más fuertes”. Esos tres primeros días conformaron en mi cabeza y en mi alma la novela”.

- Un sector de la crítica, que le concede muchos méritos a “El asombro”, se ha sorprendido, sin embargo, por la utilización extrema del monólogo interior y la ausencia de situaciones que enfrenten al personaje central con otros seres humanos. ¿De qué manera ve la forma en que los críticos chilenos se apegan tan estrictamente al canon literario?

- “He sido porfiado e insistente con una forma de hacer literatura. “Desencierro”, novela publicada en 2009, creo que es el súmmum del monólogo interior y “El contagio de la locura”, que es anterior (2006), establece un punto de inflexión, donde el monólogo se diversifica. “El asombro” está más cercano a esta última, sin duda. Pero lo que he tratado de hacer en literatura no puedo disociarlo de mi visión de mundo. Veo desde adentro hacia afuera, lo que no significa que esté apartado del mundo exterior. Por el contrario, son las experiencias vitales las que conforman la personalidad de un escritor.

Es cierto que en una realidad literaria como la que vivimos, no todos están dispuestos a leer una página de un libro más de una vez, ni a retroceder en busca de correlaciones ocultas. La lectura fácil campea por doquier. No culpo a nadie. Muchos ni siquiera están conscientes de lo que se vive. Entonces, la supuesta ausencia de otros seres humanos en mi novela hay que mirarla con “beneficio de inventario”. A fin de cuentas, un hombre es todos los hombres y viceversa. La otredad está inmersa en mi obra, como bien lo indica Valeria González, y la conciencia de ello determina cómo se ve y cómo se siente el mundo real. Si los críticos deploran esto, ¿qué puede hacerse? Un libro es un libro y pertenece a quien lo lee. Escribirlo ya es bastante. Y suficiente”.

- ¿Se refleja esta visión conservadora en el criterio de las grandes editoriales al momento de interesarse por obras que, por forma y contenido, no responden a los estereotipos que privilegia el marketing?

- “Por supuesto que sí. Alrededor del año 2005 tuve una entrevista en Madrid con una agente literaria importante, conexión que me hiciera Antonio Skarmeta. Ella me graficó en no más de diez minutos cómo funcionaba, o funciona, el mundo de las grandes editoriales. Se sabe anticipadamente a qué público se apunta con un texto específico y el estudio de marketing predetermina hasta la posible cantidad de ejemplares que tal o cual novela venderá. Como dice Cristián Arregui, importa la gerencia literaria más que el editor. Desde esa perspectiva, ¿para qué correr riesgos con libros que no responden al estereotipo?

En Chile ocurre algo similar, salvo excepciones, como LOM, JC Sáez Editor, Simplemente Editores, Mosquito Comunicaciones, y un par más, probablemente, que se la juegan por el texto antes que por el contexto y la mercancía. Pero ni siquiera esto las exculpa de errores u omisiones”.

- En algún momento de “El asombro” se habla de la “condena de vivir”. De todas maneras, hacia el final de la novela, surge la esperanza, vislumbrada a través de un prisma muy personal. ¿Es deber ético del creador buscar la luz aun en medio de una visión escéptica o pesimista de la vida?

- “Un gran amigo mío me dijo alguna vez que un escritor que no tuviera en sus textos la perspectiva del bien, así fuera veladamente, no lograría trascender. Naturalmente, ello implica construir una narración con visos de autenticidad, verosímil, incluso en su ficción más extrema. Que sea veraz significa que literariamente construye su propio mundo y que éste puede ser aprehendido por un lector sagaz, lúcido y reflexivo.

Por otra parte, ya en mi novela “El contagio de la locura”, el personaje hace referencia a que la oscuridad no existe; que apenas significa la transitoria ausencia de luz. Lo tenebroso y su correlato, el pesimismo, existen, pero son pasajeros.

Y respecto de ese deber ético al que aludes, éste debe estar premunido de una condición esencial: honestidad con lo que se escribe. La esperanza no es una pancarta en manos de un escritor; es su propia obra. Esta rezuma el dolor de vivir, la soledad, la locura, el mal y el bien confrontados, y muestra el final como a través de un túnel. Allá está la luz, como acá, sólo que en este lugar la ensombrecemos”.

La Prensa Austral, 2 de marzo del 2014.

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¡Mamá por qué me hiciste tan tonta!

Tengan cuidado con ese tipo. ¡Hey Girls! Tengan cuidado con ese tipo. Es una bola de grasa espeluznante. Un idiota de mierda. Un nido de avispones. Me conquistó en Facebook. Luego en Gmail. Luego en Skype. Me hablaba me hablaba me hablaba. Me hablaba de Rimbaud y su lucha contra el cáncer. Decía tener cáncer y luego, como arte de barbiloque, mostraba su pobre polla flácida. Caí como una tonta del culo. Es verdad. Soy sentimental y gilipollas a más no poder. ¡Mamá por qué me hiciste tan tonta! Era soltero y tenía cinco hijos. Lo descubrí. Su última mujer se suicidó. La primera también. Lo descubrí. Trata a las mujeres simplemente como basura peor que la basura. Las usa y las desusa. Las deja en estado casi terminal. Debí pagar un psicólogo del cual me enamoré. Otra mierda. ¡Mamá por qué me hiciste tan tonta! Tengan cuidado con ese tipo. Te contará dramas inventados de teleserie venezolana. De cómo su tercera esposa lo engañó. Su padre y su madre lo engañaron. El viento del norte lo engañó. La policía polaca lo engañó. Hace alarde de ser amigo de algún actor desconocido. Pero en verdad no tiene amigos. Nunca los tendrá. No tiene a nadie. Sólo una cuenta en Facebook, en Gmail, en Skype. Sólo tiene una polla flácida. Es un chantajista emocional consuetudinario, con ribetes de cerdo mezclado con repollo. Es narcisista, egocéntrico y pusilánime. ¡Cuidado! Tiene siete vidas. En alguna de ellas te lo puedes encontrar. Debes ser rápida. Darle una patada en las bolas y huir. Luego me cuentas y festejamos.

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Todo Bach y el horizonte

Si yo fuese algo. Pongamos que fuese una ameba, por ejemplo. La gente me respetaría. Tendrían un atisbo de consideración para conmigo. No se cambiarían de calle al verme. No me rehuirían. No mirarían para otro lado. Todo sería magnífico. Las baldosas relucientes. Los semáforos en verde. Las chicas me tomarían del brazo por la calle principal. Sin temor a ser descubiertas conmigo. Todo Bach y el horizonte. La gente no me miraría como me miran. No me acribillarían con sus furibundas miradas asesinas. Incluso me dirían: buenas tardes señor ameba. O buenos días pase usted señor ameba. Todo eso. Y todo bien. Me sentiría magnífico. No sé. Como un potentado o algo así. En definitiva, me sentiría como una ameba. Un ser humano o algo así. Algo por el estilo. Sería tratado de forma distinta de como se me trata. Digamos que se me trataría como un señor ameba. Algo grande. Un ser respetable. Ni más ni menos. Como aquel o como tú. Como todos los que vamos a morir.

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